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LA POESÍA DE VENEZUELA

05/09/2008 GMT 1

POETA CAMILO BALZA DONATTI

pedroperezaldana @ 18:54

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Arquero de la noche
Arquero de la noche
mi corazón ya cansado de abismos
bate portafolios al viento.
Antes era de tierra ocre mi silencio
y en ella siempre estuve
entre olvido y olvido;
por la hojarasca de los mitos,
por el corazón de lluvia de la noche,
por el barrio más triste de mi soledad
poblado de mendigos.
Antes no tuvo árboles
la cima donde los dioses crearon mi destierro;
estuve solo,
amarrado a las cruces del viento;
un reloj enlutado
dormía su siesta de marfil sobre mis ojos
en espera de mi cadáver luminoso,
pero no llegó nunca
porque el amor sí sabe del tiempo.
Y soy la raza,
no el timorato de la flexible obediencia.

La luz profunda
La luz profunda cuelga sus ramajes
en la ventana más antigua;
el farol cuece el trigo que la ciudad
ha sembrado en sus esquinas,
entre agua pura,
el cabello del viento,
el sereno de la noche invernal.
La luz profunda viene
desde los ojos del jaguar
que pueblan la noche con sus mariposas de alba
y ríos memoriosos con estuarios de piedras lejanas.
La soledad, entonces,
árbol que migra hacía mi pecho,
aposenta sus brechas de verde luminoso en mis ojos
cansados de dormir en la tiniebla
y de buscar paisajes costa abajo
donde los mitos son apacible desnudez.
Mis antepasados encienden lámparas
que no habían muerto nunca;
ellos están bien,
gozosos de ver mi pulso girar en la memoria,
de tener la superficie
para ir despacio, amar con el silencio
y contar estrellas después.
La luz profunda es de moneda oculta,
de sembradío de almas,
de leyendas en los textos sagrados,
de dolor encallado en los muros
de los cementerios que viven.
Arquero de la noche • Camilo Balza Donatti • 11

Vigilias
Cuando salgo
el perro del vecino
cuida mi soledad.
Hoy fui a Mapire a ver la primavera,
tenía cintas de luto en la memoria;
mañana volveré a ver las golondrinas
comer en los graneros de mi voz;
hoy no estaban, habían ido hacia la tarde anterior
en busca de una nube extraviada en mis ojos.
La casa estaba igual,
un poco de la desidia del viento
en las ventanas;
ningún otro camino para volver
sino el de las vigilias
por donde es el regreso.

La casa
Por la casa ronda una medianería sin término.
Muchos dueños ensayan sus visiones desde los marcos
que bordan la pared, con rostros iracundos
y sonrisas de antiguas primaveras.
La puerta mayor tiene aldaba de bronce
y abre de vez en cuando para ver seres
que van despacio entre cortinas multicolores.
Las puertas y ventanas tienen un aire de antigüedad
contagiosa, y nuestros pasos van y vienen como caminantes
de cotidianidad repetida, y nuestros ojos cerca de los cristales
se alejan hacia las colinas del fondo, que son de niebla,
humo, alcándaras que han perdido la razón del espacio.
A cada quien le corresponde su silencio.
Afuera la calle es una línea por donde se marcharon las
piedras de la voz, el azul que repartía en el viento
los presagios de algún acontecer; el traje
del invierno pasado sin una estrella en el ojal,
abandonado ahora en el estuche de alguna mariposa.
Por la casa circula un extravío de miradas correctas
que repiten la insensatez del tiempo.
Piedras detienen su conformidad en la penumbra
donde los perros puedan soñar también con las visiones.
Amemos estos círculos, la Dulcamara y el Ebonio florecen todavía
cerca del muro que no permite una evasión no compartida.

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